miércoles, 4 de septiembre de 2013

Transporte, Urbanizacion y la Civilización en la Historia.

Haciendo un paréntesis en la historia de la evolución urbana para examinar lo sucedido en el campo del transporte. Nos referiremos casi sin excepción al transporte terrestre, ya que el acuático era de excepcional incidencia en la organización de las ciudades antiguas, circunscripta al área del puerto, salvo en el caso de Venecia y varios otros menos conocidos. 
A partir de la aldea neolítica la población que trabajaba la tierra se desplazaba diariamente entre la aldea y los campos. El desplazamiento era a pie, poniendo un límite a la fracción de tierra que una aldea podía explotar, o sea  reivindicar como propia. El desplazamiento a pie siguió siendo la forma casi exclusiva para la gente que trabajaba la tierra.
Un invento de grandes consecuencias para la evolución humana fue la rueda. Su aparición en la Mesopotamia –Sumeria– aparece registrada gráficamente alrededor del año 3.500 A.C.. Se trataba de ruedas macizas obtenidas a partir de la sección más o menos circular de grandes troncos. Este invento se extendió por todo el viejo mundo, pero no llegó a ser utilizado en América. Hacia el año 2.000 A.C. ya existían las ruedas de rayos, más livianas a igual resistencia mecánica.
De la misma época datan los primeros carros, arrastrados por caballos, especie cuya domesticación se registra desde 2.500 A.C.. Sin embargo, pasarían 4 mil años antes que la combinación caballo–carro brindara una solución para el transporte colectivo de las personas. Esto se explica por la deficiente forma que durante la antigüedad se empleaba para vincular el animal de tiro –caballo, buey– al vehículo. En efecto, la collera de tiro se aplicaba rodeando el cuello del animal, y por lo tanto el mayor esfuerzo de tracción sólo podía intentarse dificultando su respiración, lo que producía el efecto contrario. El efecto de ahorcamiento, que daba lugar a que el animal volcara su cabeza hacia atrás, quedó registrado en innumerables pinturas y esculturas de la época antigua. 
Los grandes imperios de la antigüedad construyeron caminos  que aseguraban la transitabilidad en todo tiempo, condición necesaria para el movimiento fácil de las fuerzas militares que aseguraban la unidad política. El sistema más famoso de carreteras lo construyeron los romanos, siendo la más famosa la Vía Appia. La carretera imperial consistía en una plataforma mejorada con piedras que era coronada por una superficie de grandes bloques de piedra pulida, sellada con un mortero a la cal, que lograban una razonable lisura de la superficie de rodamiento. La misma técnica se empleaba para las calles principales de las ciudades romanas. Desaparecido el imperio, esos caminos subsistieron muchos siglos degradándose por la falta de mantenimiento y por el saqueo de los señores feudales, que convertía al camino en una cantera. 
Los inconvenientes en el transito urbano se empesaron a ver en la ciudad antigua casi todo el mundo andaba a pie y sólo los altos dignatarios podían usar un caballo, o un carruaje (en Roma sólo las mujeres, ya que para los varones era signo de afeminamiento), o ser llevados en litera (era el modo habitual de los patricios), y el tamaño de la ciudad quedaba determinado por esta circunstancia. La población tenía que ser abastecida, moviéndose las cargas a hombro de personas –esclavos– o quizás con animales como la mula; también entraban carros a la ciudad que como todo el resto circulaba por una red de calles angostas. El moderno fenómeno de la congestión y la contaminación (entonces creada por los animales) ya estaba presente en las grandes ciudades antiguas. Las condiciones fueron tales que Julio Cesar prohibió la entrada de los carros a Roma durante el día y los obligó a trabajar de noche. Tenemos aquí el primer caso documentado de regulación del tránsito. 
Alrededor del Siglo X en Occidente comenzó a usarse una nueva forma de arreo, que es el actualmente conocido y que se usó  intensamente en el transporte terrestre hasta principios del Siglo XX. La collera es sostenida por los hombros del animal y el esfuerzo de tracción se establece a nivel del pecho. Esto multiplicó la capacidad tractiva del caballo o buey, tres o cuatro veces, permitiendo aumentar el tamaño del carruaje o carreta, y en el caso de los vehículos para personas, aumentar la velocidad si el camino lo admitía. El nuevo arreo fue acompañado por la generalización de la herradura, desconocida en la antigüedad, que permitió aumentar el esfuerzo de que eran capaces las bestias en terrenos duros, sin lastimarse. Se discute quienes introdujeron estos trascendentes inventos –los escandinavos, los eslavos o los mongoles-– pero su efecto fue enorme en el transporte, y también en la agricultura, porque permitió aumentar el tamaño de los arados.
al promediar la Edad Media recomienza la pavimentación de las calles de las ciudades, primero al servicio de los peatones puesto que casi no existían carruajes. La técnica fue distinta de la de los romanos, ya que las calles se empedraban, o sea se usaban piedras pequeñas y no grandes bloques macizos. Los primeros empedrados son los de París en 1185, Florencia en 1235 y Lübeck en 1310. Poco después, Florencia estaba totalmente empedrada. 
La disponibilidad de las calles empedradas y de un sistema de tracción animal eficaz dio lugar a la proliferación de carruajes privados accesibles a la nobleza y a las personas adineradas, quienes también podían alquilarlos. Ocasionalmente se pretendió restringir su uso, como lo hizo en 1294 hizo el rey de Francia Felipe el Hermoso, por una ordenanza que prohibió el empleo de carruajes a las mujeres de la burguesía.
Llegamos al momento clave del transporte urbano, en lo que interesa al ver al transporte publico en sus inicios. En el siglo XVII París era una gran metrópoli, tan extensa como había sido la Roma antigua, aunque menos densamente habitada. Pero su tamaño ya era un problema para el transporte.  Éste era realmente complicado, con toda la población moviéndose a pie, y sólo algunos hombres de armas haciéndolo a caballo, en tanto que el carruaje sólo lo usaban los nobles y los burgueses ricos. Y es cuando y donde aparece la idea del transporte colectivo y público. Se le atribuye su invención, en 1662, al físico, matemático y filósofo Blas Pascal, quien obtuvo una patente avalado por el duque de Roannez, ya que en esa época una persona del común –un plebeyo– no podía sostener una iniciativa de esa índole, aunque fuera la mejor idea del mundo, sin estar apadrinado por un noble.  
La patente decía más o menos lo siguiente: se le proponía al rey crear un sistema de carruajes grandes, tirados por 3 o 4 caballos, que pudieran tener lugar para llevar 8 personas dentro y algunas más fuera del coche. Cumplirían un recorrido fijo y saldrían de los “puntos terminales” en horas fijas, incluso cuando en dicho terminal no se presentara nadie para viajar. El Rey autorizaba la tarifa, 5 “sueldos”, y el servicio se preveía abierto a todo el mundo. Horario fijo, frecuencia fija, tarifa fija, no discriminación de usuarios y correr aunque no hubiera pasajeros, son todas condiciones del servicio público de transporte moderno.
El servicio funcionó unos 20 años, pero decayó rápidamente porque el consejo municipal de París prohibió que viajaran soldados, lacayos y otra gente del común, o sea la mayoría de los potenciales clientes; el servicio debía ser sólo para la gente acomodada: aristócratas, burgueses y comerciantes. O sea, se lo transformó en un “diferencial”. Naturalmente, la demanda se vino abajo, y seguramente ya no se pudo sostener una frecuencia conveniente. La empresa desapareció y todos se quedaron sin el servicio, los pudientes y los hombres del pueblo.



Podría pensarse que a partir de una creación original la ciudad fue copiada en todos lados, pero es plausible que la ciudad haya sido  inventada varias veces, en momentos y lugares separados por miles de años y kilómetros, siendo entonces una creación de la humanidad.
Parece que la rueda fue conocida entre los aztecas para fines decorativos, pero no era útil por la carencia total de animales de tiro en América.
El grande y efímero avance conseguido, notémoslo, no consistió en un invento o progreso tecnológico; esto ya había sucedido en los siglos anteriores. El invento, genial, fue de tipo institucional y de organización. Al no persistir, no pudo, en esta etapa inicial, influir en la evolución urbana.